Descripción
L’ombre et la Lumière
Sponte Sua
Asako Ueda, theorbo
Pablo Sosa, traverso
Pero la sombra no es únicamente oscuridad, ni tampoco simple ausencia. Puede ser memoria, anhelo, duelo o ternura: la persistencia silenciosa de algo que se resiste a desaparecer. La música francesa de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII se despliega en ese espacio, no solo a través del contraste, sino del matiz, de la gradación y de la elocuencia de lo que permanece a medio velar.
Podríamos tomar como ejemplo la pintura, un mundo regido por el equilibrio y la claridad, pero nunca inmóvil. La forma respira, la proporción vive. De un modo similar, en esta música habita un equilibrio sutil, donde los gestos parecen surgir con libertad, casi improvisados, y sin embargo permanecen guiados por un sentido instintivo del trazo. La luz no siempre precede a la sombra. A menudo surge desde su interior: en el reflejo, en el movimiento, en el leve lustrar de una frase a través de la armonía y el ornamento.
En la suite francesa, la elegancia convive con lo distante. La tercera suite de Louis-Antoine Dornel deja entrever ya esa dualidad. El ornamento no decora la línea, la anima desde dentro, como la temblorosa llama de una vela. El sonido parece tocado por la luz: las líneas permanecen flexibles, los gestos centellean. En otros momentos, la música se recoge en sí misma.
Las brunettes sugieren otra forma de sombra: más suave, más pastoral, más evasiva. En J’ay passé deux jours sans vous voir, la ausencia adopta la forma de un anhelo delicado, el dolor silencioso de no ver al ser amado, expresado con una sencillez que lo hace aún más conmovedor. Le beau Berger Tircis abre un mundo pastoral donde conviven refinamiento e ingenuidad. Su melodía sorprende por su simplicidad: directa, memorable, casi desnuda; y sin embargo, en la interpretación, esa línea se enriquece con el ornamento, que la hace curvarse y desplegarse hacia algo más sutil y expresivo. En Je suis charmé d’une Brune de Michel Pignolet de Montéclair, el deseo permanece suspendido en un estado de encantamiento, nunca exento de dolor; bajo su superficie elegante late el languidecer y la inquietud de un amor que no puede declararse del todo. Su encanto reside precisamente en esa ambigüedad: parecen espontáneas, casi sin artificio, y sin embargo dejan tras de sí una sombra leve que invita a la imaginación a divagar.
El Prélude de la Troisième Suite, Op. 35 de Joseph Bodin de Boismortier, interpretado por el traverso sin bajo continuo, se mueve en un registro más íntimo. Despojada de apoyo armónico, la melodía adquiere una intensidad particular, casi en penumbra. El gesto se vuelve textura, el contorno, atmósfera. Cada mínima inflexión parece proyectar su propio eco. Evoca el titilar de una vela y la sombra inestable que arroja sobre un muro cubierto de polvo: algo íntimo, frágil y ligeramente inquietante.









