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En mi amor tal ausencia

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En mi amor tal ausencia

MÚSICA FICTA
Jairo Serrano, tenor, percusión, guitarra barroca
Carlos Serrano, flautas dulces
Julián Navarro, guitarra barroca, jarana
Regina Albanez, teorba, jarana

Contenido

1. Canta jilguerillo (3:57) – José Marín (1618-1699)

2. Xácaras por primer tono (2:29) – Lucas Ruiz de Ribayaz (1626-1677)

3. Del amor las mudanzas de Menga (2:39) – José Marín

4. De la Sierra Morena (3:59) – José Marín

5. Españoletas por la D (2:57) – Gaspar Sanz (1640-1710)

6.* Qué importa la muerte ya (3:23) – José Marín

7. Gran duque [de Florencia] (2:07) – Lucas Ruiz de Ribayaz

8. Jácaras francesas (2:13) – Santiago de Murcia (1673-1739)

9. Ya, desengaño mío (3:46) – José Marín

10. Oh, cómo pasan los años (2:54) – José Marín

11. Danza del hacha (2:13) – Lucas Ruiz de Ribayaz

12.*Ay, Dios, qué dulce mal (6:21) – José Marín

13. De amores y de ausencias (5:12) – José Marín

14. Folías de Espanya (7:12) – Anónimo (c. 1700)

15. Viuda tórtola del Tajo (3:57) – José Marín

16. Si quieres vivir (3:07) – José Marín

17. Pasacalles por la cruz (2:54) – Gaspar Sanz

* Obras nunca antes grabadas


Total Time: 60’02″

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Descripción

En mi amor tal ausencia

Amor y desamor en los tonos de José Marín (1618-1699)

Música Ficta

La intrincada figura de José Marín se ha comparado con un personaje propio de una poco ejemplar novela o una comedia de capa y espada. Su actividad musical transcurrió en Madrid como cantor de la capilla de Felipe IV y años después en el Real Monasterio de la Encarnación. Pero un velo originado en posibles calumnias y envidias, o bien en la búsqueda fracasada de una vida aventurera, opacaría su vida personal y su honra. Después de ordenarse sacerdote en Roma, intentando seguramente reafirmar su reputación, Marín se hace a las velas para probar suerte y ventura en las Indias, acaso a la fuga de los embrollos en los que se veía envuelto. Algunos años después, de regreso en Madrid, es en 1656 acusado de robo y varios homicidios.
Tras varios meses de severas penitencias y torturas, es desterrado, encerrado y encadenado en un ínfimo apretado calabozo. En el veredicto se le compara sarcásticamente, y a manera de los poemas de sus canciones, con un ave enjaulada que deleitándose con su melifluo canto menguaba los rigores de su soledad.
Pese a la tinta que manchaba la biografía y la fama de la turbada vida de José Marín, su quehacer musical fue siempre reconocido y halagado, incluso llegando a ser descrito, en una de sus sentencias, como «el mejor músico que haya en Madrid». Las varias copias y variantes de sus manuscritos musicales reafirman la acogida y difusión de sus composiciones. El corpus de su obra está principalmente compuesto por tonos humanos, piezas cantadas escritas sobre poesía castellana secular—a diferencia de los tonos divinos—. Éstas, desde mediados del siglo XVII, y como consecuencia del ideal de transmisión diáfana del texto lírico, eran mayormente destinadas para un cantante solista con acompañamiento del bajo continuo.
El devenir del género del
tono humano era la derivación de las nuevas tendencias poéticas y de su transmisión cantada desde finales del siglo XVI. Cuando ya corrían los tiempos del Quijote cervantino y del Arte nuevo de hacer comedias de Lope, se da la eclosión del Romancero nuevo, motivada por la poesía que se cantaba al son de la tan usual guitarra. Los romances ya no narraban historias de batallas caballerescas o de sensuales moras enamoradas encerradas en altas torres; las temáticas imperantes ahora contenían la tinta propia de la poesía italianizante renacentista de Garcilaso o Boscán, pero rescataban y reinventaban la retórica y estilo de los lamentos de la poesía cancioneril del siglo XV, así como de las castizas coplas castellanas, aquellas que evocan la esencia y tinte de cantos aldeanos. En la expresión lírica del siglo XVII se funden y cofunden elementos tradicionales y cultos en formas cohesionadas métricas y musicales, en las cuales las voces poéticas se alternan entre amores pronunciados primordialmente bajo el disfraz de sencillos pastores y zagalas, para revelar los afectos más profundos y en primera persona del yo poético. Los versos se ven determinantemente influenciados por las músicas que los acompañan, y es así, pues, que el género poético-musical del tono humano se nutre de estructuras musicales comunes y familiares, sobre todo de secuencias de bailes y danzas, que determinan a su vez las estructuras métricas, en donde abundan formas de romances octosilábicos con estribillo, o de romancillos, villancicos y letrillas con alternancia de estribillos y coplas. El uso de ritmos y esquemas de bailes y danzas, sería justamente el rasgo distintivo de la plasmación musical de la poesía castellana en aquella época, quizás por estar tan arraigados en los cuerpos y en el latir de los corazones de aquellas gentes, quienes, por necesidad de crear su propio ambiente musical, aprendían a tañer a la guitarra los más conocidos sones o hits del momento. Folías, jácaras, zarabandas, españoletas y tantos otros géneros, servían como base para las diversas estructuras métricas de tonos que se cantaban en cortes, casas, plazas y tablados. En este sentido, se buscaba en la canción monódica acompañada española moldear la expresión de los textos a través de marcos rítmicos generalmente regulares y de compases mayormente ternarios. El juego rítmico, como resultado de la prosodia misma implícita en los versos, era el principal fenómeno que acentuaba y revelaba la manifestación afectiva de los poemas. 

Información adicional

Artista

Música Ficta

Estilo

Barroco

Interpretación

Instrumental y Voz

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